La primera vez no vale la pena

A ver, no me entiendan mal, sí que la vale, al fin y al cabo, por algo hay que empezar, pero en esta terraza hay muy malas experiencias concentradas, no solo con la primera vez, sino con las diez siguientes, por poner un número, pero este artículo trata exclusivamente de la inevitable, inolvidable e insuperable, primera vez. Ahora procedo a aclarar, porque sé de buena tinta que mi primera pareja sexual está leyendo este blog, ansioso por este artículo en específico y listo para desilusionarse con su contenido. (Desde ahora me disculpo, cariño).

Inevitable: por supuesto, como dije antes, por algo hay que empezar. Si bien me di el lujo de esperar al menos desacertado, aquel que me inspirara confianza y seguridad, estaba claro que, en mi caso, iba a llegar más temprano que tarde, así que el primer punto queda aclarado. Los malos tragos como las curitas, mientras más rápido, mejor.

Inolvidable: puedo decir sin temor a falsear que recuerdo muchos de mis encuentros sexuales, por no decir la mayoría, pero si algo está escrito en los libros de historia es que la primera vez, nunca se te olvida…por desgracia. Se preguntarán que tan malo puede haber sido para que yo diga esto, y eso me lleva al último punto.

Insuperable: nada, nunca, jamás, podrá hacer que olvide aquella incómoda situación en la que, en menos de dos movimientos pélvicos descoordinados, le pedí a mi pareja que “saliera” sin dar más explicación. Más tarde me enteré de que el pobre chico se había roto la cabeza pensando que coño habría hecho mal, y la verdad es la siguiente: no tenía puesto condón.

En resumen, mi primera vez fue ambientada por un partido de la copa mundial de futbol, perpetuada por un chico muy dulce pero muy inseguro e interrumpida por una asustada adolescente cuyo sentido de la responsabilidad asumió las riendas de la situación. No duramos mucho después de aquello, porque se hizo bastante insostenible, y cuando lo volvimos a intentar dos años después la cosa no fue a mejor, pero ese fue el inicio de mi travesía por los mares del placer, incitada por el morbo de conocimiento y con la intención de descubrir que carajos le veía la gente a aquella cosa tan sucia e incómoda. Gracias a todo lo humano y lo divino, con el tiempo, pude averiguarlo, aunque el precio a pagar haya sido perder un poco de aquel sentido de la responsabilidad que me detuvo la primera vez, pero puedo decirles que, aunque no me arrepiento, tampoco es un buen recuerdo. Aprovecho pues para reafirmar que no debemos llevarnos por las primeras impresiones, pues, de haber sido así hoy me dedicaría a hacer deliciosos pastelitos en un convento y, con perdón, hubiera sido una mujer muy infeliz; hay cosas sin las que simplemente, no se puede vivir.  

Alex


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