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A la orilla de la chimenea

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Hoy todo es diferente, hoy no bebo café, en cambio el té se enfría en la mesa, hoy no hay calor, sino un viento húmedo que me regresa a cierto lugar a la orilla del mar, hoy no hago este cuento para reírme, o recordar un mal trago, hoy tengo una sonrisa nostálgica en el rostro y un remolino en el pecho, hoy vengo a hablarles del hombre perfecto. No nos engañemos más, no seamos tan duras con la vida, el hombre perfecto sí que existe, solo que viene en diferentes formatos para cada una. Quizás me tome más líneas de lo normal, pero se las merece, todas y cada una. Nos conocemos de toda la vida, pues es prácticamente parte de la familia; pero no empecé a notarlo hasta que cumplí los dieciocho años. Ese invierno fue muy parecido a los anteriores, las reuniones de navidad fueron como siempre, familiares y divertidas, a excepción de un insignificante detalle de pelo rojo y mirada dulce. Aquel año descubrí que detrás del chico con el que pasaba normalmente mis fines de año, se escondía un homb...

En silencio ha tenido que ser

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Entras a un bar, con la música a tope, el humo de cientos de cigarrillos contaminando el cerrado espacio, gente bailando, conversando a gritos para sobrepasar la música, intercambiando sudor y otros fluidos, y allá, en la otra punta de la barra, pidiendo un gin-tonic, está “el chico del bar” ese que se sienta ahí, etéreo, imperturbable y ajeno y cuya función es llamar la atención de manera inalcanzable, hasta que llegue “la chica”, esa por la que vale la pena pagar un trago extra. Supongamos entonces que esa chica eres tú, el barman te entrega un Martini, cortesía del caballero de la barra, que te mira levantando su copa en un brindis silencioso, esperando que respondas a su coqueteo y des una señal para acercarse a ti. Te haces la difícil un rato más y bailas donde te pueda ver, regalando a sus ojos tus mejores movimientos, hasta que viene a donde estás tú y coloca su mano en tu cadera provocadoramente. Respiran casi el mismo oxígeno y se dicen de todo en ese mirar de ojos profundos y...

Hola, linda

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Soy consciente de que mi colega de blog ya ha redactado un artículo dedicado al ligoteo cibernético, pero en este apartado no me voy a referir a una conversación entre dos personas con intenciones reciprocas y ánimo lúdico, no. Voy a dedicarlo a esos originales y atrevidos usuarios de las redes sociales que no encuentran otra manera de iniciar un intercambio que diciendo: Hola, linda. Estoy segura de que alguien ha tratado de investigar a estos sujetos como patrón de conducta psicológico, y si no es así, tomen nota, que propongo el tema para la tesis de diploma de cualquier estudiante de la psique humana. Es impresionante la frecuencia con la que llega a mi sección de mensajes un saludo de esta naturaleza, que dice tanto con tan pocas palabras. En esa simple frase se esconde una enmarañada red de pensamientos: vi tu foto mientras tiburoneaba en busca de víctimas y como no te conozco y no tengo nada más en qué fijarme, escribo un mensaje privado después de revisar cada una de las fotos ...

El efecto bumerán

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Bienvenidos todo a otro episodio de “Los hombres de mi vida”, esta vez tenemos como invitado especial, no a un tipo de hombre en específico, sino a una característica de algunas personas que puede verse tanto como un elemento para favorecer la elevación de la autoestima, o como una maldición con la que no tienes ni idea de cómo lidiar, pero a la que, a la larga, te acostumbras.  Ante ustedes presento (redoble de tambores, por favor): el efecto bumerán, como lo he llamado toda mi vida, y que describe esa suerte que tenemos algunos mortales de que, sin importar qué tan lejos o fuerte o con cuántas ganas lancemos a nuestras exparejas, siempre, siempre, siempre regresan. También tenemos la variante en la que te dejan a ti, pero deciden, luego de consultarlo con la almohada por un tiempo prudencial, que no fue una buena idea y que estaban mejor contigo. A todo el que ha pasado por esta situación, estoy segura de que ha sentido en algún momento una rabia descontrolada por lo gilipollas q...

Reseteando

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Hace poco me encontré una de esas publicaciones en Facebook a la que consideré dedicarle más de un pensamiento.  Decía que hay libros que son lectura de una vez, pero hay otros a los que siempre regresaremos, no existe una explicación pues ya los hemos leído y conocemos su contenido pero nos encontramos volviendo una y otra vez. Igual pasa con las personas y entonces me acuerdo de Pablo Coelho y su reflexión sobre los tres amores que hay en la vida: el  primero, ese inocente y repleto de fantasías; el segundo: el imposible, pero no por imposible platónico, todo lo contrario, es aquel que nos desborda el alma y los sentidos, por el que vivimos y morimos, ese que nos arranca las emociones más auténticas y viscerales, por el cual jugamos a la cuerda con la fina línea que divide el amor del odio, y  al que siempre, por más que pase el tiempo siempre volvemos, en una suerte de reseteo;  como si lográramos borrar los malos ratos y empezar de cero, a conocerse por segunda, ...

Another Margarita

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¿Quién no ha deseado un affaire tras la barra de un bar de moda, o encima, o debajo? ¿Por qué será que esa superficie por la que discurren todo tipo de recipientes, manos y alcohol, resulta tan sexo-erótica? Debe ser porque también es en esa barra en las que se regalan sonrisas seductoras, susurros insinuantes por parte de clientas de labios rojos, que son casi siempre bien recibidas por el personal que se encuentra del otro lado. Nunca ordenar un trago, por el que además vas a pagar, se convierte en una misión de seducción tan ardua como cuando hay un hombre sexy al que lanzar el lazo. No, amigas y amigos, no soy una chica de la barra, pero confieso que en una ocasión saqué mi mejor labial rojo pasión y me propuse obtener de aquel barman, más que un trago gratis. Solo había un pequeño problema de 1.79, mi colega de blog. Pero como buenas amigas que somos y jugar limpio en materia de placeres siempre ha sido nuestro principio, acordamos que le íbamos a dejar al susodicho de ojos verdes...

¡Ay, doctor!

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Como quizás he mencionado en alguna ocasión, o tal vez no, el tiempo que no dedico a desprestigiar a mis “amores” del pasado, lo ocupo en formarme para, algún día, ser una representante respetable del noble arte de la medicina. Como os podéis imaginar, teniendo en cuenta que mi camino está por culminar, he sido víctima en varias ocasiones de la erótica de una mente más versada que la mía en lo profesional y, ¿por qué no?, lo sexual. Aquel verano de mi primer año de facultad fue el inicio de un tórrido romance que me llevaría a quitarme todos los complejos y restricciones de un polvazo, digo, plumazo. El año que duró aquella relación informal y furtiva, fue en el que descubrí qué era lo que le gustaba tanto a la gente del sexo, pues hasta entonces mi experiencia, aunque no escasa, había sido muy poco esclarecedora. Nunca sabré si era su conocimiento de la anatomía humana que le facilitaba encontrar el punto preciso, o su sabor latino de mulato caribeño, pero la química era innegable y c...